Quizás el principal recurso para que cualquier trabajo artístico se desarrolle, sea el lugar en el que la obra se confronta con su público. Las artes escénicas, a lo largo de su siempre inquietante historia, se han servido de múltiples modelos espaciales, los cuales reflejan las tendencias que las sociedades, tácitamente, le han impuesto a sus artistas.

El espacio escénico, por consiguiente, es el resultado de las exigencias urbanas y, a su vez, de lo que podríamos denominar el “estilo”, de quienes se enfrentan a los espectadores. Tanto el actor, como el bailarín, como el intérprete de una obra musical, están condicionados por ese instante, irrepetible y mágico, que supone el enfrentamiento en vivo con un público. Y, por esta razón, el espacio conforma los términos, las “condiciones” de esta comunión sui-generis entre quien se entrega a las reglas del espectáculo y quien las propicia.

El teatro, esto es, el edificio destinado exclusivamente para que se exhiban “en vivo” las diferentes manifestaciones artísticas escénicas, ha variado continuamente a lo largo de los siglos, tratando de transformar, en su distribución, la manera como el público se integra a lo que los intérpretes en el escenario le brindan. Es así, como el Teatro Municipal “Enrique Buenaventura”, posee características peculiares, está diseñado para el encantamiento: el plafond de Ramelli, la mirada serena de las figuras de los antepechos de los palcos, las pinturas de Efraím Martínez, el rígido telón de boca, la silenciosa tramoya, el sistema de iluminación, todo, está armónicamente concebido para provocar un íntimo idilio, mezcla de sorpresas y preparación en el escenario, es por esto y tal vez un poco más, que durante 88 años, El Teatro Municipal “Enrique Buenaventura”, nos ha contagiado emociones.

Tomado del libro, “60 años Teatro Municipal Cali”. Texto y recopilación Sandro Romero.