Primera piedra del Teatro Municipal. De su colocación, nos cuenta don Manuel María Buenaventura: “Se fijó el día 9 de Abril de 1918, a las 4 p.m. El Concejo Municipal tuvo a bien designar a su secretario don Alfonso Martínez Velasco, para el discurso protocolario. Este buen caleño, hombre de disciplinas culturales, no solamente fue puntual a la cita, sino que resolvió dar una lección a los que se retardaron. A la hora precisa, se situó en la cúspide de un promontorio, formado con materiales de construcción, desde donde dominaba la, hasta ese momento, escasa concurrencia y, sonriente, principió su oración”.

ORIGEN DEL TEATRO MUNICIPAL

Pero dejemos que hablen los propios protagonistas de esta singular epopeya. Don Manuel María Buenaventura, el verdadero pionero y terco artífice de la construcción del Teatro, escribió toda la “prehistoria” del Municipal. Con un estilo, por lo demás subyugador. Tiene el tono de la crónica legendaria, del romance de ciudad, de la alegoría optimista. Sería una omisión imperdonable si no recuperamos, con todo el debido respeto y admiración, algunos pasajes destacables de este maravilloso recuento de acontecimientos, donde, en algunos momentos se llega a la descripción de situaciones que nada envidiarían al realismo mágico de nuestros más recientes escritores. Los orígenes del Municipal se remontan hacia los comienzos del siglo, cuando Cali poseía un exquisito y reposado ambiente parroquial, la ciudad tenía sus límites bastante (de) limitados, pero ya se vanagloriaba de su inagotable paisaje y de su misteriosa y permanente atracción. Como notaremos a continuación, hay un propósito de mistificación del ambiente de la ciudad, el cual se irá convirtiendo en un común denominador, con el correr de los años, entre todos los habitantes de Cali y sus privilegiados visitantes.

Un texto, pues, narrado “de viva voz” por el Chato Buenaventura en una recopilación de narraciones titulada Del Cali que se fue, nos pueda dar indudablemente la exacta medida de lo que la cultura era para Cali, o de, por lo menos, lo que quería representar.
Van, entonces, algunos fragmentos de los Orígenes del Teatro Municipal, quizás una de las pruebas más fieles de cómo los caprichos, vueltos obsesiones, terminan siendo una fatiga de los sueños: Una realidad
Dejemos que se él quien nos lo diga.
Don Manuel María Buenaventura, verdadero protagonista en la historia del Teatro Municipal. Su casi mítica obstinación, impulsó la construcción del gran coliseo local.
Don Manuel María Buenaventura es el autor del siguiente texto.
Cali apenas se iniciaba en los que pudiéramos llamar su entrada franca a la vida del progreso material.

Existía entonces el almacén La Mascotta, situado en el ángulo occidental de la plaza principal. Era muy concurrido, y allí, además de los negocios, se trataban a diario asuntos íntimamente legados con los problemas sociales y culturales.
Se supo aquí que una compañía dramática española estaba próxima a llegar a la capital del Istmo, en donde daría unas pocas representaciones, pasado lo cual, continuaría su recorrido, con el ánimo de visitar las principales ciudades de Sur América.
Un grupo de individuos, amigos del Teatro y de los buenos negocios, nos reunimos con el objeto de iniciar gestiones, a fin de ver si se lograba que en el itinerario de esta compañía se incluyera la ciudad de Cali.
Fui designado para dirigir el asunto. Al efecto, escribí a mi viejo y buen amigo don Tomás Arias, alta personalidad de aquella capital, dueño en ella de un famoso teatro, para que, a nombre nuestro, se entendiera con el representante de la mencionada compañía y le ofreciese una suma, de bastante consideración, por seis funciones.
Pasados pocos días se recibió contestación, en la cual nos informaba nuestro recomendado, que la oferta había producido muy buena impresión, por lo cual, casi podría asegurarnos sería resuelta de manera favorable.

Esta noticia nos llenó de placer y despertó gran entusiasmo en nuestra sociedad.
Como el Teatro Borrero ya había desaparecido, principiamos, los del negocio, a dar los pasos correspondientes al arreglo del escenario y patio, que entonces desempeñaba las funciones de teatro.
No duró mucho este estado de ánimo, Tres o cuatro días después, se recibió otra comunicación en la cual nos decía don Tomás: “Acaba de salir de mi oficina el representante de la Compañía Dramática Española. El, o mejor dicho, ellos, han tomado informes sobre las condiciones de este teatro, y me recomiendan decir a Uds, que, muy a su pesar, se ven obligados a no aceptar la oferta que por mi conducto se les ha hecho, pues su grupo no trabaja sino en teatros que reúnan los requisitos modernos de comodidad, acústica e higiene”. Más adelante nos agregaba don Tomás: “Al despedirse el representante en cuestión, me dijo: “Cuando escriba a sus comitentes, manifiésteles nuestro sentimiento, y añádales que nosotros sabemos que esa es una magnífica plaza para espectáculos públicos; que cuando tengan un teatro aceptable, nos será en extremo grato visitar tan simpática ciudad”. Terminó el señor Arias su triste misiva así: “Es una lástima que ustedes se pierdan de ver las presentaciones dadas por una Compañía como ésta, que es verdaderamente admirable. Hagan un teatro, pronto, si quieren aprovecharse de las magníficas ocasiones que a cada momento se presentan en asuntos teatrales, Así, además de las grandes ventajas pecuniarias, se evitarán el recibir negativas bochornosas, como ésta, que, si he de serles franco, afectan el buen nombre de una ciudad tan importante como Cali”.